Ahora lo vi todo
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20+ Personas cuentan su experiencia más extraña con comida que probaron

Cuando hablamos de gastronomía, podríamos pensar en el platillo que más nos gusta, o en nuestros restaurantes favoritos, pero lamentablemente, no todos son cuentos con finales felices. Algunos, por curiosidad o por error, han degustado cosas que no son del todo agradables. Lo bueno de esto, es que producen historias divertidas para contar.

  • Mi hermana era muy glotona cuando era niña. Luego vio uno de esos cubitos de caldo de pollo en el armario, lo desenvolvió y se lo metió en la boca, pensando que era mazapán. © Márcia Duleba Domingues / Facebook
  • Estuve en Italia, y ahí vi una pizza cuadrada muy bonita, la compré pensando que estaba hecha de queso, con mucho formaggio encima. Llegué al hotel y fui a comerla con muchas ganas. Estaba hecha de papa y era HORRIBLE. © Flávia Oliveira / Facebook
  • ¡Me encantan los cupcakes de todo tipo! Entonces, un día mi padre trajo uno de un bar cercano a mi casa, que hacía unos riquísimos. Cuando me lo metí en la boca y lo mastiqué, mi cerebro me advirtió: “Nunca comiste esto, tíralo”. Miré hacia un lado y mi papá se estaba riendo, porque estaba hecho de cerebro de vaca... ¡Ay, no! © Edilaine Silva / Facebook
  • Trabajaba en una tienda de animales y tenía una lata de alimento con sabor a atún, muy similar a una lata de atún “para humanos” de esas que se venden en el mercado. Le eché sal, unas bolsitas de mayonesa y la comí entera. © Bruna Bertolini Zerbinatti / Facebook
  • Trabajaba en el departamento de compras, y en el escritorio de mi colega había unos parches de algodón de colores. Pensé que eran algodones de azúcar, agarré un trozo, lo mordí y lo mastiqué. Horrible, no era algodón de azúcar, sino fibra de vidrio. Afortunadamente, no lo tragué. © Vera Lucia Caratanasov / Facebook
  • Una vez, fui a pasar unos días a una finca y sentí un olor maravilloso a pastel horneado. Entonces me cortaron un gran trozo y me dieron una taza de café; cuando lo mordí, el pastel de maíz era salado. ¡Nunca había comido pastel de maíz salado! Pero no me gustó y mi cara me delató. Comí todo el trozo y dije que nunca había comido pastel salado. En ese momento el anfitrión dijo: “Entonces agarra un trozo más”, inventé que estaba satisfecha y no lo acepté. Tuve que beber un vaso de agua para ayudar a bajarlo. © LiLiane Rocha / Facebook
  • Me comí un trozo de labial de manteca de cacao pensando que era chocolate blanco. Al fin y al cabo, se parecen. © Marcela Gressoni / Facebook
  • Hicieron una omelet en casa y no sé de quién fue la idea, pero la mezclaron en la licuadora y quedó anaranjada. Llegué con sed, era verano y pensé que era jugo de maracuyá. Vaya, qué trago tan largo... © Jessica Anchieta / Facebook
  • Me encanta el dulce de coco. Llegué a la casa de mi hermana, abrí la nevera y tenía una vasija llena. Llené una cuchara, pero era grasa de cerdo. © Dri Palma / Facebook
  • Siempre bebía el agua de la botella de mi hermano y a él no le gustaba. Un buen día, llenó la botella y le echó un montón de sal. Luego bebí su “agua” con todo. © Stella Beltrame / Facebook
  • No fui yo, sino mi madre. Hizo fideos con salsa blanca y brócoli, ¡riquísimos! En el final, como siempre hacía, arrojó por encima casi un paquete completo de queso rallado... Excepto que no era queso, sino coco rallado. © Priscilla Brait / Facebook
  • Guiso de chayote. Lo odiaba, pero no dije nada para no lastimar a la persona que lo había hecho con tanto cariño. Hoy lo como e incluso me gusta. © Lilly Oliveira / Facebook
  • Cuando yo era niña, me encantaba comer leche en polvo. Una vez, mi prima y yo fuimos a comer leche en polvo con azúcar y no nos dimos cuenta, pero le agregamos sal. Recuerdo el sabor de la decepción en la primera cucharada que tomamos cada una. © Leticia Linjardi / Facebook
  • Hicimos carne de caimán y rana. No podía comerme la rana, pero mi hija de nueve años estaba emocionada por comer e incluso lamía los huesitos. Al final de la cena, le pregunté qué le había parecido y ella me dijo: “¡Maravilloso!”. Me quedé pasmada y le pregunté si sabía lo que era una rana. Su respuesta: “Por supuesto, es una parte del pollo”. No pude aguantar y le mostré la foto de lo que había comido. Ni siquiera necesito contar el resto... Después de unos días, salimos juntas y los sapos hacían ruido. Ella se echó a correr y le pregunté: “¿Qué pasa?”. Ella respondió: “¡Mamá! El sapo viene detrás de mí, me va a morder porque me comí a su esposa”. © Dri Palma / Facebook
  • Me encantan los melocotones en almíbar. Un día, al llegar a casa vi solo la mitad de un melocotón con un poco de almíbar en un tazón de postre en la nevera. Pensando en quién habría dejado solo una mitad simplemente por no lavar la taza, me lo llevé a la boca. Era un huevo crudo que mi madre había roto. © Romenia Pianta / Facebook
  • Cuando era pequeña, entré al auto con un helado enorme lleno de dulces y mi papá dijo que si se me caía algo, lo “vería”. Luego dejé caer un montón de dulces, me desesperé y empecé a recoger todo y a ponerlo en mi boca. Salí del auto sudando, y él miró el asiento y dijo: “¿Eh?”. Me congelé y le pregunté: “¿QUÉ PASÓ?”. Y él dijo: “El asiento estaba lleno de suciedad, lo iba a hacer aspirar, y ahora no hay nada más”. © Lyjuh Ouchi / Facebook

¿Cuál fue la experiencia más rara que tuviste alguna vez con la comida?

Imagen de portada Juliana Fatiga / Facebook
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