Ahora lo vi todo
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12 Trucos de Belleza del pasado que, por fortuna, se quedaron en el ayer

La hermosura, desde el principio de los tiempos, suele ser una característica muy valorada y perseguida. Si bien, hoy puede ser relativamente sencillo tener cirugías cosméticas y comprar productos que nos ayuden a alcanzar los estándares estéticos, hace unos cuantos siglos no era tan fácil ni tan sofisticado lograrlo. Los recursos, la tecnología y los conocimientos eran limitados, y la gente hacía lo que podía con lo que tenía para sacar el mayor provecho posible a su imagen.

En Ahora lo vi todo nos gusta la historia, por lo que nos adentramos en la vida cotidiana de la antigüedad para observar cómo han cambiado los rituales y la industria dedicada a mejorar el atractivo físico.


1. La blancura nacarada de los dientes se lograba con la ayuda de romero

Una sonrisa saludable es apreciada desde hace siglos. Es cierto que no era fácil lograr tal efecto sin los medios modernos. Pero incluso en la Edad Media, tanto los aristócratas como los campesinos conocían los conceptos básicos de higiene. Los dientes se limpiaban con trapos o palillos. Para eliminar la placa, se utilizaba una pasta de carbón, sal y pimienta negra molida.

Para darle a una sonrisa una blancura nacarada, las mujeres mezclaban cenizas de hojas de romero quemadas con las hojas de esta planta, las envolvían con un pañuelo y se frotaban cuidadosamente los dientes. Y para deshacerse del mal aliento, masticaban hojas de menta o de perejil y semillas de clavo.

2. El efecto de un rostro radiante se creaba con tiza triturada y vinagre

El verdadero despegue de los cosméticos se produjo en los siglos XVII y XVIII. Durante este período todos usaban maquillaje: mujeres, hombres e incluso niños. La piel blanca y suave se consideraba un verdadero signo de sangre noble. Para lograr este efecto, los amantes de la moda utilizaban todo tipo de cremas.

Estas a menudo incluían sustancias potencialmente peligrosas para la salud. Pero también se hacían cremas con productos completamente inocentes: tiza triturada, polvo de perlas, claras de huevo y vinagre. Esta mezcla dejaba el rostro suave y radiante. Pero las sonrisas y las risas estaban contraindicadas para las damas y los caballeros que las usaban. De lo contrario, podía producirse una situación embarazosa: la cara se agrietaría.

3. Los cosméticos se aplicaban en tal cantidad que todas las mujeres parecían tener la misma cara

En el siglo XVIII, el maquillaje estaba dominado por dos colores: blanco y rojo. El rubor estaba hecho de sándalo, carmín o azafrán silvestre. Para obtener una pasta fácil de colocar, los polvos se mezclaban con grasa o vinagre. Aplicar el maquillaje era todo un proceso. Primero vestían a la joven y luego, cubriendo el atuendo con una capa especial, le pintaban la cara.

En la época de la marquesa de Pompadour, la capa de cosméticos era tan densa que era difícil distinguir a una joven de la corte de otra. Pero había diferentes formas de aplicar el rubor para las representantes de la aristocracia y de la nobleza provincial. Las primeras pintaban franjas escarlata brillantes y anchas desde las comisuras de los ojos hasta el borde de los labios. Las segundas, círculos prolijos en las mejillas que debían enfatizar la blancura de la cara y el brillo de los ojos.

4. Para comprar un espejo, algunos vendían sus tierras

Hoy en día, un espejo es un accesorio completamente asequible, pero hasta el siglo XIX, muchas personas no habían visto su propio reflejo en toda su vida. Los primeros espejos hechos de vidrio aparecieron en el siglo XII, pero los productos verdaderamente de alta calidad comenzaron a crearse en Venecia a partir del siglo XV. Los espejos venecianos valían una fortuna. Algunos aristócratas se separaban fácilmente de sus tierras solo para obtener un pequeño trozo de vidrio.

La condesa de Fiesque vendió sus campos de trigo para comprar un espejo y lo consideraba una gran inversión. Los venecianos siguieron teniendo el monopolio de los espejos hasta mediados del siglo XVII, cuando el rey Luis XIV llevó a cabo un ambicioso plan y pudo traer a 20 artesanos de la ciudad italiana. Desde entonces, los espejos comenzaron a producirse en otros países y, por lo tanto, se volvieron un poco más baratos y accesibles.

5. Las cejas se teñían con hollín o se eliminaban por completo

Hace cuatro siglos, estaban de moda las cejas oscuras curvadas en perfectas medialunas. En el centro, los arcos debían ser un poco más anchos y afilados en los bordes. Para darles un color expresivo, los cabellos se teñían con carbón vegetal, corcho quemado, jugo de saúco o el hollín extraído de las lámparas de aceite. La forma ideal se lograba arrancando el exceso. Algunas fashionistas se deshacían por completo de sus propias cejas y se pintaban otras. O usaban pieles para este propósito. Aunque en el último caso siempre existía un peligro: el pegamento podía fallar y, como resultado, las cejas se caían.

6. La cara se lavaba con leche materna y el acné se eliminaba con la ayuda de siemprevivas

La mayoría de las cremas, lociones y tónicos eran preparados por las propias damas. Las recetas de estos productos incluían los ingredientes más inesperados. Por ejemplo, para los procedimientos matutinos, se proponía usar leche de vaca mezclada con agua. Las mujeres también se lavaban con leche materna. Para suavizar la piel y deshacerse del acné, utilizaban una infusión de la planta siempreviva, que también se llamaba “leche de la inocencia”. La frescura del rostro venía dada por un líquido elaborado a partir de una mezcla de agua de rosas, polvo de arroz, endrino picado, goma arábiga e incienso.

Las cremas estaban hechas de aceite de almendras y cera blanca con otros aditivos exóticos. La delgadez no estaba de moda, pero se apreciaba la firmeza de la figura. Para deshacerse de la leve flacidez, se recomendaba a las mujeres que aplicaran en las áreas problemáticas una pasta de aceite de zorro y lirio mezclado con grasa de ganso y grasa de capón, resina y trementina.

7. Los gemelos musculosos y una pequeña barriga le agregaban un encanto especial a un hombre

Los estándares de belleza masculina también han cambiado de un siglo a otro. En los días de Luis XIV, se esperaba que un caballero atractivo tuviera una figura tonificada, pero no demasiado musculosa. La excepción eran los gemelos fuertes. Esta parte desarrollada del cuerpo, con la que brillaba el “Rey Sol”, a menudo hacía desmayar a las damas de la corte. Para mostrar sus gemelos, los hombres usaban zapatos de tacón alto y caminaban con la punta de los pies hacia afuera.

Otra característica atractiva de la figura masculina era una barriga pequeña. Les mostraba a los demás que la persona podía comer a menudo de forma abundante y sabrosa, lo que significaba que tenía dinero. Para agregar seductores centímetros a la cintura, algunos caballeros llevaban forros especiales debajo de la ropa.

8. Las mujeres estaban dispuestas a hacer todo tipo de trucos con tal de tener pies pequeños

Los estándares de belleza del siglo XVIII y principios del XIX requerían que las damas tuvieran pies pequeños y elegantes. Las mujeres no podían reducir el tamaño de sus pies, por lo que trataban de elegir los zapatos más pequeños y de tela más fina. Se consideraban adecuados aquellos en los que una joven apenas podía meter el pie. Los materiales livianos y las suelas casi invisibles hacían que estos zapatos fueran extremadamente incómodos y frágiles. Se desarmaban en unos pocos días si la joven caminaba a menudo por las calles pavimentadas con adoquines. Por eso George Sand prefería los trajes de hombre a los vestidos de mujer; entre otras cosas, debido al ahorro. Las botas eran mucho más cómodas que los zapatos ligeros y duraban más tiempo.

Una dama decente escondía el mal olor de sus pies. Para no avergonzarse frente a otros con un “aroma” desagradable, se utilizaban diferentes remedios caseros. Era posible ponerse talco en polvo en los pies o preparar una solución especial de menta, salvia, romero y enebro.

9. Las damas empapaban sus guantes con rábano picante y suero de mantequilla

Los dedos, las manos y las muñecas de las mujeres eran una verdadera encarnación de la belleza femenina. Idealmente, las manos de una joven debían ser blancas, suaves y redondeadas. Se utilizaban guantes para protegerlas de las miradas indiscretas y de las vicisitudes del clima. Las uñas largas se consideraban un poco vulgares, por lo que se cortaban en forma de óvalo y se limaban cuidadosamente. Una verdadera belleza debía tener uñas brillantes, rosadas y transparentes.

Para suavizar la piel, las chicas usaban diferentes productos. Por ejemplo, las manos se trataban con una solución preparada a partir de castañas trituradas. O empapaban y frotaban los guantes con rábano picante, suero de mantequilla, jugo de limón, vinagre, agua de rosas, glicerina o avena y se los ponían por la noche. Las damas cuidaban mucho sus manos. Algunas incluso se negaban a tocar la puerta por su cuenta, para que sus dedos y sus nudillos no se endurecieran.

10. La grasa de oso era una verdadera salvación para la pérdida de cabello

El cabello abundante y saludable se consideraba un signo de belleza tanto en hombres como en mujeres. Había muchos remedios caseros que se suponía que daban fuerza al cabello, mejoraban el crecimiento y eliminaban la calvicie. Y si las traicioneras calvas igual aparecían en la cabeza, era necesario lubricarlas con grasa de oso y luego masajear la piel con un paño grueso hasta que se enrojeciera. Las cebollas, la miel o la mostaza también se usaban mucho. Con los mismos fines, la gente se frotaba excremento de ratón.

Para que el cabello creciera rápidamente y quedara suave, se lubricaba con un líquido especial a base de manteca de cerdo y aceite de oliva. Para las puntas abiertas, ayudaba el aceite de mirto o un bálsamo hecho de cera de abejas, miel y grasa de oso. El cabello se cubría de polvo y no necesariamente blanco. Podía ser marrón, rosa, naranja, azul o violeta. Para realizar el procedimiento, a la gente se le ponía una máscara especial y una bata.

11. Para suavizar los labios, las jóvenes usaban cera de abejas y cera de oídos

Antes de la llegada del bálsamo labial, las mujeres usaban una variedad de remedios naturales para darles a sus labios la suavidad que necesitaban. Idealmente, la joven debía tener una boca pequeña y regordeta, con la forma de un capullo de rosa en flor. Se esperaba que los labios fueran redondos y suaves.

Para deshacerse de la sequedad y las grietas, se les aplicaba miel o aceite. Algunos recomendaban el uso de cerumen. Otra receta incluía manteca de cerdo, cera de abejas y aceite de limón. Para recuperar el color de los labios, las jóvenes del siglo XVIII se untaban la boca con vinagre o usaban lápiz labial de carmín.

12. Las mujeres se arrancaban el exceso de cabello de la cabeza

A lo largo del siglo XVIII, existieron estrictos cánones de belleza femenina que regulaban todo, desde la figura hasta la forma de las orejas. Las señoritas de cabezas pequeñas y redondas poseían un verdadero encanto. Según estos cánones, la nariz debía dividir la cara exactamente por la mitad y la frente debía ser blanca, lisa y abierta. Si la belleza natural estaba oculta por el cabello, era necesario deshacerse de él.

¿Cuál producto o hábito de belleza actual te parece demasiado excéntrico o riesgoso?

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