Ahora lo vi todo
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18 Casos de la infancia que muestran lo injustos que pueden ser los adultos a veces

En la infancia, muchas situaciones nos parecen una tragedia de escala universal. Por ejemplo, si nuestros padres nos prometen un regalo, pero encontramos uno completamente diferente debajo del árbol de Navidad. O si alguien lee nuestro diario íntimo. Pero a veces los adultos no respetan los límites personales de los niños y su comportamiento provoca un resentimiento real.

En Ahora lo vi todo creemos que es importante aprender de nuestros errores. Y esperamos que las historias de la selección de hoy ayuden a prevenir conflictos entre adultos y niños.

  • Un engaño de mi infancia: era pequeño, de unos 5 años, me estaba quedando con mis abuelos durante el verano. Mis padres vinieron y trajeron helado. Y mi abuela dijo: “El helado está demasiado frío. Déjame calentarlo”. Puso el helado en un recipiente de hierro y lo llevó al fuego. Lo dejó ahí un par de minutos. Luego me lo dio y... había puré de calabaza dentro, que yo no había terminado de comer a la mañana. Hasta el 5.o grado pensé que si calientas un helado, se convierte en puré de calabaza. © kampiler / Pikabu
  • Nadie en mi familia entendía lo que eran los límites personales. Compartía una habitación con mi hermana menor y mi madre no me dejaba cerrar la puerta. Tampoco había cerrojo en la puerta del baño, y mi abuela tenía la costumbre de irrumpir para tomar jabón o talco o poner algo en la lavadora. Cuando yo salía a hablar por teléfono con alguien y cerraba la puerta, intentando hablar lo más bajo posible, enseguida oía: “¿Con quién hablas?”. A los 12 años comencé a llevar un diario y, después de un par de meses, mi madre me llamó a la cocina. Tenía mi cuaderno en la mano. Mi interior se heló de miedo al pensar que ella sabía todo sobre mí. Pero ella abrió una página al azar, la señaló con el dedo y preguntó: “¿Quién te enseñó a escribir la letra T así?”. Ahora me pregunto: ¿por qué, tras leer todo lo que había allí, estaba más preocupada por mi caligrafía que por mi estado emocional? © strongasf**k / Pikabu
  • Una vez, durante un paseo en el kínder, encontré un corazón verde facetado del tamaño de una uña, brillaba por todas partes, no sé si era de una piedra preciosa o no. Me acerqué a la maestra para mostrarle ese milagro, y ella lo miró y dijo: “Dámelo, lo perderás. Cuando tu mamá venga a buscarte, se lo daré a ella”. Y se lo di. Por la tarde vino mi madre y le dije: “Ahora vas a ver lo que encontré hoy”, y me acerqué a la maestra. Ella dijo: “Ah, sí, encontró un trozo de vidrio verde, ¡lo tiré!”. © Luka13 / Pikabu
  • Tenía entre 15 y 16 años cuando mi madre regresó a casa del trabajo y me dijo por el intercomunicador que me esperaba una sorpresa. Grité de felicidad cuando me entregó un cachorro callejero, Chun, peludo, rizado, de patas enormes. Durante todo un verano desaparecía con él en la arboleda más cercana, donde le enseñaba trucos y simplemente lo abrazaba... Pero pronto mi madre anunció que le daría a Chun a mi hermana, que vivía en un pueblo, porque el cachorro en realidad era para ella. Según mi madre, yo debería haber entendido lo tonto que era tener un perro callejero en un departamento. Recuerdo cómo me senté en la arboleda con Chun, lo abrazaba, lo besaba y él lamía mis lágrimas. Y por la noche vino mi hermana y se llevó a mi perro. © OlgaOlgina / Pikabu
  • Mi padre siempre sabe más. Aquí hay un ejemplo de mi infancia. Estábamos comiendo sopa, puse un poco de crema en la esquina del plato y seguí comiendo. Mi padre:
    —Mezcla la crema en la sopa, es más rico así.
    Y a mí me gusta comer una cucharada con crema y otra sin crema.
    —¡Revuelve la crema!
    —No quiero.
    Entonces mi padre lamió su cuchara y me golpeó en la frente con ella. Ahora, a mis 40, nadie me golpea en la frente con una cuchara, pero cuando mis padres me llaman, encuentro mil razones para no ir, porque nada ha cambiado en nuestra relación. © Dr.Fa / Pikabu
  • Mis cumpleaños no se celebraban, y todas las cosas que recibía eran de mi hermana mayor. Pero a la edad de 9 o 10 años, sucedió un milagro: mis padres me compraron un gran juego de marcadores. Y comencé a crear. Durante todo un año, creé en secreto mi propia ciudad con muchas familias. Tenían casas, muebles, mascotas. Cada habitante tenía una profesión, su propio salario y había precios para los bienes. En resumen, era una versión en papel de Los Sims. Y casi al mismo tiempo, en una fiesta de cumpleaños de una compañera de clase, me regalaron un cuaderno azul pálido decorado con conchas marinas. Y comencé a escribir en él un cuento sobre una niña que terminó en el reino submarino. Un día, volví de un paseo y descubrí que mi madre había hecho la limpieza. Todos mis tesoros, incluyendo los marcadores, el cuaderno y la ciudad, se habían ido por el vertedero de basura. Ya no volví a apegarme a los juguetes, no hice más ciudades y no volví a escribir cuentos. © Nechainka / Pikabu
  • Pude soportar el hecho de que mis padres no tocaran la puerta antes de entrar cuando era pequeña. Pero cuando ya tenía más de 20 años, pasó lo siguiente: mi madre abrió la puerta de par en par, sabiendo que yo estaba allí con un chico. Pero abrió la puerta sin más, nos vio... y ¿sabes qué dijo?: “Chicos, ¿quieren pescado o carne para la cena?”. © Karteneya / Pikabu
  • Un niño insultó a mi hermano, y en represalia le dije una mala palabra a ese chico. Mi hermano les contó a mis padres que yo había dicho esa palabra, y me pusieron en un rincón. Apoyé la oreja contra la pared, escuché la televisión de los vecinos y lloré. Me indigna hasta el día de hoy; después de todo, lo había hecho para defenderlo. © Sofia Nikitina / Facebook
  • En primer grado, en una lección de matemáticas, dibujé a una chica. La maestra me pegó el dibujo en la espalda y me hizo pararme de espaldas a la clase. Han pasado 40 años, y todavía recuerdo la sensación de ofensa, aunque no he dejado de amar dibujar. © Elena Sereda / Facebook
  • Cuando era niña, mi esposa esperaba con ansias un regalo de cumpleaños. Y sus padres no la defraudaron: a la vista de todos los vecinos, le entregaron una caja bonita decorada con cintas de seda. La pequeña desató con emoción los hermosos lazos, anticipándose a un regalo igual de hermoso. Pero en la caja había... una miserable, sucia y tuerta muñeca desnuda, claramente recogida en el basurero más cercano. Era imposible medir el alcance de su decepción. Sollozó, aferrándose a la sucia muñeca, compadeciéndose de ella o de sí misma. Y los padres se rieron hasta las lágrimas. Y luego sacaron una muñeca nueva. Se logró el efecto deseado: la pequeña había quedado impactada. Pero a mi esposa no le gustó la muñeca nueva, y lavó y cuidó a la pobre muñeca desnuda. © Lobastik / Pikabu
  • Todavía recuerdo ese día y el sentimiento de ofensa. Éramos una familia pobre, a veces ni siquiera teníamos dinero para el pan. Se acercaba la Navidad, yo iba al kínder y, por supuesto, hubo un festejo con un árbol de Navidad y Santa. Al final de la fiesta, todos los niños recibieron regalos, excepto yo: supuestamente, mi familia no había enviado el dinero. Mi hermana me llevó a casa llorando. Al día siguiente, mi madre fue a averiguar por qué yo no había recibido un regalo. Resultó que el dinero que mi madre había enviado se le había perdido a la rectora. Después de las fiestas, la mujer trajo un regalo dulce y pidió perdón. Pero esa incomodidad, la sensación de ser la única sin un regalo, es algo que ya no pude olvidar. © Oídoporahí / ideer
  • Recuerdo que escribí un poema triste sobre el amor infeliz. Fue antes de la adolescencia. Se lo mostré a mi mamá. Y mi madre se puso a leerlo con tanto patetismo fingido, casi burlón, que la miré con la sensación de que me golpeaban en las mejillas. Después de eso, prometí no volver a mostrarles mis poemas a mis seres queridos. © Tatyana Pisareva / Genial.guru
  • De pequeña, odiaba ir a la escuela y al kínder. Los maestros y la directora percibían mi torpeza infantil como signo de estupidez y me aislaban de los demás niños de la clase. La maestra del kínder hasta puso mi escritorio frente a la pared, lejos de los otros niños. Tampoco encontraba el apoyo en mis padres: ellos también me consideraban extraña. Parece que mi madre siempre quiso que fuera como las chicas populares de mi clase, una hija tan “incorrecta” le molestaba. Para no agobiar a nadie, comencé a pasar días enteros en mi cama, comiendo golosinas en exceso y aumentando de peso. En mi adolescencia, los comentarios sobre mi figura dieron como resultado que terminara con anorexia, y recién después de graduarme en la escuela y cambiar de país, pude hacer frente a estos problemas. © unknown author / Quora
  • Mi padre me hacía sentir que era un desgraciado cuando me daba algo. Era como si me obligara a rogarle. Éramos pobres y el dinero que teníamos generalmente lo gastábamos en sus malos hábitos. Por lo tanto, tenía que elogiarlo y sentirme culpable si tomaba dinero para algo, incluso para comida. Ahora odio pedirle algo a la gente. © Praise_Bob_Dobbs / Reddit
  • Recuerdo que una vez, a la edad de 11 años, llegué a casa y había un dinosaurio enorme allí, tan alto como yo. En un papel transparente, puesto sobre el suelo de la habitación. Mi mamá aún no había llegado. Caminé durante 2 horas a su alrededor, incluso pensé en abrirlo, pero no: como estaba envuelto, había que esperar. Y mi madre vino, me llevó con ella a la casa de una amiga, y frente a mis ojos le dio ese dinosaurio a un niño de seis meses que acababa de aprender a sentarse. Ofendida hasta la médula, obligué a mi madre a prometerme que me compraría un juguete grande. Ya tengo 25 años y, por supuesto, no hubo ningún juguete. Pero cuando estaba en mi último año de universidad, conté esta historia en el laboratorio donde escribía mi tesis. Dos días más tarde, mi tutora, una persona y maestra maravillosa, me regaló un juguete, no demasiado grande, pero mucho más grande que todos los que jamás tuve. © Bezynazap / Pikabu
  • Estaba sentada en el sofá con mi esposo y nuestro perro. Mi marido puso en la tele un video con concursos de perros. Lo miramos los tres. Y de repente retrocedí mentalmente 20 años, a mi infancia. La tele estaba encendida, mostraban a unas chicas que tocaban el piano y bailaban. “Mira lo bien que toca y baila. ¿Puedes hacerlo, verdad? A ver, muéstrame”. “No quiero”. (Estoy avergonzada, dudo, porque sé que igual no le gustará). “Vamos, es que no sabes cómo. Las piernas de ella son tan rectas, mira qué bien que hace todo... Y tú simplemente no puedes hacerlo, por eso no me muestras. Debes esforzarte más. Eres mediocre. Invertimos tanto en ti, nos esforzamos, todo por ti, pero eres una ingrata”. © Arinanana / Pikabu
  • Una vez, mis padres se olvidaron de mi regalo de cumpleaños. Pero a mi hermana le compraron un montón de cosas para el suyo, y me eché a llorar. Mi mamá comenzó a gritar, preguntándome qué me habían regalado por mi cumpleaños, y le respondí: “Nada”. Entonces ella dijo que yo estaba mintiendo y que no podía ser. Luego agarró mi chaqueta de otoño y dijo: “Aquí, te regalamos esto”. Claro, los niños siempre mienten. © aidi77 / Pikabu

La infancia es una etapa especial, y cualquier palabra hiriente lanzada descuidadamente a un niño puede ser recordada por él de por vida. Las relaciones entre adultos y niños siempre son difíciles, y vale la pena recordar que los pequeños y los adolescentes son extremadamente vulnerables. ¿Tienes recuerdos de tu infancia que te hayan causado una sincera decepción o te hayan provocado resentimiento?

Imagen de portada aidi77 / Pikabu
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