Ahora lo vi todo
Ahora lo vi todo

19 Familiares que intentaron actuar de forma normal, pero no hicieron un buen trabajo

Todas las familias tienen sus particularidades; podemos encontrar una amplia variedad de personas en un mismo árbol genealógico. Existen algunos que, por sus ganas de querer ayudar, nos pueden provocar hasta vergüenza ajena. U otros con su forma descarada de pedir cosas que nos hacen pensar que su lógica deja el sentido común en el más hondo desconcierto.

En Ahora lo vi todo, recolectamos historias que reflejan situaciones graciosas que carecen de lógica. ¡Adelante con las pruebas!

  • Mi futura suegra se avergonzaba de comprarse productos de higiene íntima femenina, así que siempre me pedía a mí comprarlos por ser su futura nuera. Está bien, le compré un lote anual de las toallas femeninas que le gustaban y las envolví para que parecieran un regalo extravagante. Luego las dejé en la recepción del lugar en el que ella trabajaba. Por desgracia, accidentalmente, abrió el paquete en el trabajo y luego convenció a su hijo de que yo no valía la pena para él como esposa. Pero dado que fui yo la que aportaba el ingreso principal a la familia, no me molestó demasiado que termináramos. © Jane B. Overton / Quora
  • Después de 3 años de vida de casada, me quedé viuda, viéndome sola con un hijo pequeño. No albergaba gana alguna de conocer a alguien. Casa, trabajo, hijo, a veces amigos, y así pasaron dos años. Entonces, mi suegra compasiva decidió poner orden en mi vida. Por cierto, ¡ya no nos comunicábamos en absoluto y me culpaba de todos los pecados mortales! Había leído un anuncio de búsqueda de pareja en una revista y escribió una carta de su propio nombre, adjuntando una fotografía mía. Mientras tanto, yo vivía mi propia vida, sin sospechar siquiera que la felicidad estaba por venir. Más tarde, me llega una carta de seis páginas de un hombre, 12 años mayor que yo, elogiándose a sí mismo a más no poder contando cuántos cerdos y parcelas de tierra ostentaba. Y afirmaba que para mí, a mis 23 años, no todo estaba perdido. Así, le expliqué al hombre que no tenía intención alguna de casarme, mientras que a mi suegra le solté una buena reprimenda y le quité todas mis fotos. © olga.optimistka / Pikabu
  • Mi futuro esposo y yo queríamos casarnos solo por nuestros propios medios económicos. No pudimos ahorrar mucho, por eso decidimos que era mejor casarnos por lo civil, sin invitados, y gastar ese dinero en el viaje. Pero mi suegra exigía una boda: “¿Cómo que sin restaurante? Esta es mi celebración, mi hijo se casa”, “Mijo, no te olvides de invitar a la Tita”, “Y para el segundo día, contrataremos un servicio de catering”.
    Mi futuro esposo me pidió que accediera “para no ofender a su madre”. Llegamos al acuerdo de que, por la boda, nos regalaría la cena en un restaurante para unas 15-20 personas (ella ya había decidido a quién invitaría). Yo no tenía fuerzas para discutirlo. Antes de la celebración, mi suegra, repentinamente, dijo que hace tiempo no se tomaba unas vacaciones, estaba muy cansada e iría con nosotros al viaje de luna de miel. Después de eso, no pude soportarlo y mandé a toda la familia al último bosque del mundo. © TyzhTouragent / Pikabu
  • A pesar de todas nuestras explicaciones, mi suegra no conseguía entender cómo utilizar la lista de los contactos en el teléfono y marcaba los números a mano. El número de mi esposa difiere un dígito del suyo, por eso se mandaba los mensajes de texto a sí misma, pensando que escribía a su hija, es decir, mi esposa.
    “¿Cena?”, escribe ella. Y enseguida recibe un mensaje de vuelta: “¿Cena?”.
    “¿Cómo?”, pregunta ella. La respuesta llega a su teléfono: “¿Cómo?”.
    Decidió que su hija le estaba tomando el pelo y por la noche vino a poner tierra de por medio. Así fue cómo descubrimos que mi suegra hablaba consigo misma a través de mensajes de texto. © thedragon4453 / Reddit
  • La suegra de mi hermana descubrió a nuestra madre en plena calle y comenzó a decirle que tal vez su hija tenía algunos problemas “femeninos”. ¿Tuvo cistitis en la infancia? ¡Debía haber alguna razón por la cual todavía no tenían hijos! (¡Y todo con una mirada de reproche, como si dijera que le habían dado gato por liebre!) Mi hermana y su esposo no planeaban tener hijos en ese momento porque vivían en el mismo departamento con su suegra y su hija y, por supuesto, tomaban medidas para protegerse. Cuando se mudaron, sí concibieron un bebé. No sé, no sé, tal vez haya recuperado su salud femenina... © irenion / Pikabu
  • Adoro a mi suegra, pero es una mujer definitivamente poco práctica. Su esposo y su hijo hacen todo por ella. Una vez, ella y yo fuimos de compras en su auto, yo conducía. Compramos todo lo que necesitábamos y me preguntó si podíamos echarle gasolina al carro. Le contesté: “Sí, claro”. En aquella época, yo estaba embarazada, por lo que esperaba que lo hiciera ella misma. Ella me miró durante varios segundos y luego me preguntó si podía echar el combustible. Resultó que ella nunca lo había hecho, pese a que ya llevaba 15 años conduciendo. © Daniela Arvesuk / Quora
  • Durante mi infancia, cuando nuestros padres se iban a trabajar, mi hermana y yo nos quedamos solas en casa. Yo tenía unos 8 años y ella, 12. Mi madre siempre nos decía que, hasta que no limpiásemos la casa, no nos dejaría salir a pasear. Por cierto, era la época en la que la serie Hechiceras se hizo famosa. Todos los que la hayan visto deben recordar cómo una de las hermanas era poseída por los espíritus. Mi hermana constantemente fingía que un tipo de espíritu se había metido dentro de ella y podía liberarla solo si ponía en orden la casa. Yo lloraba, tenía miedo y limpiaba. © “Oído por casualidad” / Vk
  • Invitamos a mi hermana y mi cuñado a una fiesta en nuestra casa. El esposo de mi hermana ya había mostrado previamente un comportamiento raro, pero aquello fue la gota que derramó el vaso. Mi esposa es una gran pastelera; durante varias semanas, preparó postres y, el día del evento, los colocó en bandejas por toda la cocina, el comedor y la sala. En un momento, me llevó a una esquina apartada y me dijo: “Es raro, pero las galletas desaparecen tan pronto como las coloco en la mesa”. Se fue y entonces pude ver cómo mi cuñado se las metía en los bolsillos, y lo que no cabía, lo ocultaba en la estantería de libros. Allí ya había una cantidad notoria. Tras esto, le dije que se llevara lo que tenía en sus bolsillos y se fuera de nuestra casa. Nunca más regresó. © Gerry Jurrens / Quora
  • Estábamos toda la familia en la casa de campo, charlando de todo. Y entonces, mi abuela suelta:
    —He empezado a tener problemas con las piernas.
    Mi madre y yo nos preocupamos, barajando posibles enfermedades en la cabeza. Y la abuela continuó:
    —El pie derecho lo lavo bien en el lavadero y el izquierdo me cuesta levantarlo.
    Tras reírnos mentalmente, le dijimos a la anciana que, a sus 87 años, esto es algo absolutamente normal. Tanto mi madre, que tiene 62 años, como yo, a mis 30, llevábamos tiempo lavándonos los pies en la bañera. La abuela no nos creyó. © JxaJxa /Pikabu
  • Los padres de mi esposo vinieron durante una semana para cuidar a nuestros hijos mientras estábamos en el extranjero. Para ellos, contábamos con una habitación de visita bien equipada. Al regresar del viaje, bajé a la lavandería en el sótano para lavar las prendas. Algo estaba tirado en los escalones. Era una hermosa alfombra de pelo largo de la habitación de invitado que nuestros familiares habían desgastado y tirado. Y cuando entré en su habitación, vi que habían reorganizado por completo todos los muebles, incluso habían colocado la tele junto a la ventana, donde nuestro pequeño podía encenderla fácilmente, y habían sustituido la lámpara de la cocina. Todavía no puedo comprenderlo: ¿cómo uno puede cambiar algo sin preguntar en una casa ajena? © Tricia Chitwood / Quora
  • La madre de mi novio era una mujer terriblemente vaga. Esto afectó su peso: a sus 45 años, pesaba más de 160 kilos. Al verme, se dio cuenta de que había encontrado a una nueva esclava. Me gritaba desde la cocina que le acercara la cuchara que estaba a un metro de ella. En cuanto yo compraba un pastel, ella siempre se comía la mayor parte a solas, a pesar de que este se compraba para alguien más. Podía entrar como si fuera una reina en el departamento y soltarme: “Hazme un té”. Y montar todo un espectáculo si no se lo llevaba a la habitación. Por cierto, ni siquiera vivía con nosotros, tan solo venía de visita (5 veces a la semana). En un momento concreto, acabé dándole un ultimátum a mi novio: “O la haces callar o me voy”. ¿Y sabes qué? Funcionó. Ahora, por fin, estoy libre de su presencia. © sabatiniraf / Pikabu
  • Tenía unos 10 años cuando mi madre me mandó a la aldea acompañada de mi tío. Teníamos que hacer transbordo en la capital, el siguiente tren no salía pronto, previsto para 12 horas más tarde. Mi tío y yo nos sentamos en la sala de espera, colocando nuestras maletas y bolsas. De repente, me dijo: “Voy a llamar a tu mamá y vuelvo”. Esperé una hora, dos, tres... Empecé a ponerme nerviosa. Tras cinco horas, ya tenía ganas de ir al baño, pero no podía moverme: tenía que custodiar nuestras pertenencias. Doy gracias a aquella mujer que estaba sentada frente a mí, ella me acompañó al baño mientras su esposo vigilaba las cosas y luego me dio bocadillos y llamó a la policía. Y de repente, volvió mi tío y finalmente partimos hacia la aldea. Cuando, al regresar a casa, le conté esta historia a mi madre, se quedó boquiabierta. Resultó que mi tío no la había llamado para nada, simplemente se aburrió, decidió dar un paseo por la ciudad, luego pidió una bebida en una cafetería y se olvidó de mí. Se acordó de mi existencia solo cuando vio los boletos en su pasaporte. © Kolotuha / Pikabu
  • Mi suegra vino a vivir con nosotros mientras en su departamento se hacía una remodelación. Y dado que ella misma no sabía lo que quería, la remodelación se alargó. Yo esperaba que, al menos, me ayudaría de alguna manera con mi hijo, pero Tamara, mi suegra, tomó su estancia en nuestro departamento como unas vacaciones: pensión completa, servicio de más alto nivel e incluso la oportunidad de burlarse de su nuera.

    No soy una persona conflictiva. Y si la madre de mi esposo creía que su hijo tenía que desayunar solo los huevos fritos que él odiaba, yo le preparaba los huevos fritos. Pero durante cuatro meses viviendo bajo un mismo techo, mi suegra me molestó hasta tal punto que incluso comencé a pensar en mudarme a la casa de mis padres durante el tiempo que ella viviera en nuestro hogar.

    Y entonces, me dijo:
    —No te imaginas la suerte que tienes conmigo. ¿Sabes qué suegra tengo yo? Un monstruo que el mundo no concibe. Todavía le tengo miedo. Ella me molestaba lo mejor que podía.

    Así, ella misma me dio una gran idea: el control sobre mi suegra lo tiene su propia suegra. Y sin pensármelo dos veces, invité a visitarnos a la abuela de mi esposo.

    Una mañana, mi esposo estaba en el trabajo, mi suegra repartía consejos y, de repente, suena el timbre. La madre de mi esposo se apresuró a abrir la puerta, frotándose alegremente las manos ante la idea de su hijo parado tras la puerta. La abrió, y allí:

    —Ah, Tamara, ¿qué miras? Vamos, me haces un té. Traigo un pastel. Pero no es para ti: es perjudicial para tu salud. Aunque, a tu figura, nada la ayuda.

    El rostro de la abuela de mi esposo hasta brillaba de placer. Y, qué coincidencia, aquel mismo día, la reforma en la casa de mi suegra llegó a su fin. Con prisas, empacó sus cosas, se despidió y se fue a su casa. Le serví el té a la abuela y ella también se fue a su casa, diciendo que, si me hacía falta, podía volver a pedirle ayuda. © nik12892356 / Pikabu
  • La primera salvajada sucedió inmediatamente después de la boda. Mi nueva “madre” afirmó que era demasiado pronto para que tuviéramos hijos y me aconsejó que me pusieran un dispositivo intrauterino (DIU) porque las pastillas anticonceptivas empeoran el carácter y, con los preservativos, los hombres no disfrutan. Y luego se hizo la bola de nieve: mi suegra se entrometía en nuestra vida, hacía una inspección de nuestro armario y del refrigerador, se llevaba para planchar las camisas de mi esposo y todas las prendas, incluidos los calzoncillos, las compraba para su hijito a su gusto. Me comenzó a molestar el carácter débil de mi media naranja y decidimos irnos de vacaciones al mar. Mi suegra, entonces, con lágrimas en los ojos, nos convenció de que pasáramos por su casa de camino, ofreciéndonos desayunar para no parar en restaurantes. Después de una generosa ración de consejos, los padres de mi esposo trajeron para él una taza de café, un plato de omelet y un trozo de tarta, y a mí me propusieron a que fregara sus platos. El punto álgido de la situación fue cuando mi esposo se puso a la mesa y, mirándome tristemente, se comió el desayuno. Pronto, a iniciativa mía, nos divorciamos. © PushkaPampushka / Pikabu

¿Qué situaciones raras has pasado con tu familia? ¿Cómo las resolviste?

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