Ahora lo vi todo
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3 Historias reales llenas de misterio que dan ganas de dejar la luz prendida

No todos aman el terror, pero hay que admitir que tiene su encanto. Queremos demostrarlo, y qué mejor que contar unas buenas historias de suspenso sobre hechos que les sucedieron a personas reales. Seguro van a poner muchos pelos de punta y algunos querrán abrazar un peluche bien fuerte cuando vayan a dormir esta noche. ¿Vas a leer, o te da miedo?

El misterio del auto

Estaba sola en mi casa. Mis padres estaban de viaje. Era una noche de tormenta: lluvia, relámpagos, truenos y viento. No podía dormir, algo me daba mucho miedo acerca de no tener a nadie a quien recurrir si algo pasaba.

Las horas pasaban y no podía conciliar el sueño. Miré el reloj; eran las dos de la mañana. Estaba en un limbo entre estar despierta y quedarme dormida, cuando escuché unos golpes en la puerta de mi casa. Al principio, pensé que me lo estaba imaginando, por lo que no le presté atención. Pero luego escuché los golpes nuevamente.

Me levanté momentáneamente para checar si la puerta de mi habitación estaba cerrada con llave. Decidí esperar un poco más para ver si los golpes se repetían. Sentada en mi cama, tapada hasta el cuello con las sábanas, escuchaba los truenos incesantes. Golpearon la puerta una vez más; esta vez, más fuerte.

Me propuse ir a ver quién era. Despacio, bajé los escalones tratando de no hacer ruido para que quien estuviera en la puerta no pensara que había alguien en la casa. Me asomé lentamente por la ventana más cercana a la puerta, y vi la silueta de un hombre de espaldas con una gran chaqueta impermeable. Cuando giró, me di cuenta de que era un guardia de mi barrio. Mi corazón se desaceleró un poco y le abrí.

Empapado, el señor pidió disculpas por la hora, y me dijo que ya les había hecho la misma pregunta a varios vecinos, y todos respondían que no: “Ese auto que está cruzado en el medio de la calle, en la otra esquina, ¿es suyo?”. Mi cerebro no podía comprender. Yo recordaba haber dejado mi auto dentro de la cochera, con el freno de mano puesto y cerrado con llave. Me puse mi abrigo y salí a comprobar si era mío.

En efecto, mi auto estaba varado en el medio de la calle, en la otra esquina de mi casa. De alguna manera, el vehículo logró salir de la cochera, bajar la pendiente de mi casa, sortear los postes que había en la calle y girar hacia la otra esquina. Me acerqué para chequear, y el auto seguía cerrado. No tenía ni un rasguño, ni una marca, nada. Nunca supe qué le pasó, o cómo sucedió.

El cuchillo maldito

Un día, volviendo del trabajo a mi casa, me topé con un cuchillo en la calle. El artefacto estaba en perfectas condiciones, tenía filo y el mango de madera estaba intacto. Me dije a mí misma: “¿Por qué no?”, y lo levanté para llevarlo a mi departamento.

Al entrar a mi departamento con el cuchillo en la mano, sentí un escalofrío por la espalda. Me pareció un poco raro, pero no le di importancia. Fui a la cocina, lavé el utensilio, lo sequé y lo guardé en el cajón donde tenía el resto de los cubiertos.

Al día siguiente quise usarlo para cocinar, pero cuando abrí el cajón, no vi el cuchillo. Les pregunté a mi mamá y a mi hermana si ellas lo habían usado, pero ambas contestaron que nunca supieron de la existencia del cubierto. Un poco preocupada, comencé a buscarlo por toda la casa, pero no había rastro. Incluso salí del edificio para ver si estaba en el lugar donde lo había encontrado el día anterior, pero ni huella alguna.

Pasaron los días, y me olvidé completamente del cuchillo. Una mañana, un grito aterrador me despertó de mi sueño. Era mi madre. Me levanté como pude, me puse mis pantuflas y salí corriendo al living. Mi hermana hizo exactamente lo mismo. Cuando nos encontramos, nos miramos confundidas, y luego miramos a nuestra madre. Su cara estaba pálida, y su dedo índice apuntaba a la pared donde colgábamos imágenes de nuestra familia.

Mi hermana y yo miramos hacia la pared, y lo único que pudimos hacer fue poner nuestras manos sobre nuestras bocas, en completo terror: el cuchillo estaba clavado en el ojo izquierdo de la foto de nuestro padre, quien había muerto hace 10 años.

El gato enviado

Mi novio y yo vivíamos juntos hace ya dos años. Teníamos una rutina fantástica; yo trabajaba desde casa y él se iba a la oficina todas las mañanas. Nuestra relación era envidiable. No podía pedir nada más. Solo había un pequeño problema: mi suegra no me quería para nada.

Un día cualquiera, luego de despedir a mi novio por la mañana, me hice un café y me quedé viendo por la ventana. Inesperadamente, apareció un gatito negro, con algunas rayas marrones. Me golpeaba el vidrio con su patita, y maullaba para que lo dejara entrar. Mi novio y yo habíamos estado pensando en tener una mascota por unos meses, así que lo tomé como un regalo del universo. Metí al gatito y automáticamente se encariñó de mí. Esa misma tarde lo llevé a la veterinaria y le pusieron las vacunas necesarias, además de bañarlo.

Cuando mi novio llegó a casa esa noche, quedó encantado con la idea de quedarnos con el gatito. Yo estaba feliz, nuestra pequeña familia se agrandaba. Recuerdo que mi novio comentó: “A mi mamá le encantan los gatos, seguro va a querer conocerlo”.

Al pasar los días, comenzamos a tener discusiones. Primero fue por cosas pequeñas, como olvidar sacar la basura en el día que nos tocaba a cada uno, pero luego escaló a asuntos mayores. Mientras tanto, el gato comenzaba a portarse peor y peor, y empezó a cultivar un gran odio por mí. Mi novio llegaba cada día más tarde del trabajo, poniendo excusas insólitas. El gato empezó a romper cosas por la casa, y yo, que era la única que estaba allí todo el día, ya no sabía qué hacer.

Hasta que un día descubrí que mi novio me engañaba con otra mujer. Estaba devastada: mi relación se había arruinado, y mi mascota había destruido mi casa. Las peleas llegaron a tal punto que terminamos separándonos.

Ese mismo día, el gato desapareció, para siempre. Nunca más lo vimos. Luego de mucho tiempo analizando lo que sucedió, llegué a la conclusión de que el gato fue una maldición enviada por mi suegra, para separarme de su hijo.

¿Qué anécdotas misteriosas tienes para contarnos?

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