Ahora lo vi todo
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17 Ejemplos de que lo que le dices a un niño puede quedarse con él toda su vida

Hay recuerdos de la infancia que pueden ser muy difíciles de olvidar, especialmente si uno resultó lastimado. Si bien muchos niños crecen y se olvidan de los agravios que vivieron de pequeños, hay quienes llevan esa herida consigo inclusive en la adultez. Estos sufrimientos pueden haber ocurrido a causa de injusticias o simples malentendidos, pero lo que es seguro es que dejaron una marca que será difícil olvidar. Sin embargo, todas esas cicatrices nos han convertido en las personas que somos hoy y nos ayudan a aprender de las malas experiencias para no repetirlas en la adultez.

En Ahora lo vi todo nos ocupamos de reunir algunas historias provenientes de usuarios de la red para demostrar que todos pasamos por momentos complicados y logramos salir adelante. Quizá, después de leerlas, haya quienes se sientan identificados y acompañados.

  • Mi amiga de la ciudad estaba de visita en la casa de mis abuelos en nuestro pueblo. Su padre vino a pasar el fin de semana. Fueron al sauna y me invitaron con ellos. Su papá fue primero, luego nosotras. Y después de eso dijeron que yo había robado su reloj. Mi madre me creyó cuando le dije que no lo había tomado, pero ellos le dijeron a todo el pueblo que yo era una ladrona.
    Un par de días después, el reloj fue hallado en el camerino, donde el hombre se lo había quitado, pero nadie me pidió disculpas. © Clara Mukabayeva / Facebook
  • Hubo una situación que me afecta desde la infancia. Tenía entre 6 y 8 años. Paseábamos por el pueblo en una multitud mixta, de diferentes edades. Un niño, unos 5 años mayor que yo, tiró con fuerza de mi trenza (mi cabello era largo y mi madre lo trenzaba todas las mañanas). Y no solo me dolió mucho, sino que también se desarmó el peinado. Me enojé, llamé idiota a este chico y me fui a casa. Al final, alguien se quejó de que yo decía malas palabras y mis padres me castigaron poniéndome en un rincón. Dijeron que era por haber insultado. ¡Me sentí ofendida hasta las lágrimas! Y todavía no puedo entender por qué me reprendieron. ¡Sí, él era un idiota! © Anastasia Zhukova / AdMe
  • Cuando estaba en la escuela, en 5.º o 6.º grado, en el verano “trabajábamos”, es decir, pasábamos unas horas en la huerta. Una compañera de clase y yo, después de una enfermedad, fuimos allí. Un día desapareció dinero de una bolsa en la sala de profesores y nos culparon a nosotras. La profesora nos llevó a la dirección, donde todos los maestros estaban sentados. Nos avergonzaron e interrogaron. Muchos también se regodearon. Nos pusimos histéricas. Luego me dejaron ir a casa.
    Incluso ahora recuerdo cómo corrí llorando, cómo caí sobre las rodillas de mi madre y sollocé. Estaba histérica. Luego descubrieron que la señora de la limpieza había robado ese dinero. Había no más de un dólar allí. Ni siquiera se disculparon con nosotras. © Natalya Kartashova Letunovskaya / Facebook
  • Mis padres constantemente me comparaban con alguien: con Natalia, con María, etc. E incluso ahora, cuando ya llegaron los nietos, comienzan con las comparaciones: alguien ya va solo al baño, alguien recita poemas a los 3 años... No lo permito. Cada persona es diferente y no hay necesidad de meter a todas en la misma bolsa. © Mix-Sveta Vav / Facebook
  • Es triste hablar de ello, pero incluso hoy en día, mis padres hacen un trabajo terrible en su papel. Nunca escuché palabras de apoyo... cualquier error que cometía era condenado, por lo que al final dejé de compartir lo que fuera de la escuela con ellos.
    Aquí hay algunas frases que se me grabaron en la memoria para siempre: “¿Por qué quieres ir a la facultad de medicina? Aun si por algún milagro lograras entrar, no podrías estudiar. ¡No es tu nivel en absoluto, allí solo estudian los dioses!”.
    Mamá: “No me dijeron que me amaban cuando era pequeña, así que no sé cómo decírtelo tampoco”, o “Si fueras inteligente, nunca habrías hecho eso”.
    Mi padrastro una vez me gritó enfurecido por alguna tontería cotidiana: “¡Fuera de la casa!”, y mi madre no interfirió. Esa noche dejé el hogar de mis padres para siempre. © Aleksei Rudich / AdMe
  • Me he mordido las uñas durante toda mi vida, principalmente por ansiedad, pero también por estimulación, porque tengo un TDAH severo. Mi mamá me dijo: “Ningún hombre te amará nunca porque tus manos son muy feas”. Odio mucho mis manos por eso. Me siento fea cada vez que las miro, pero no puedo detenerme. © RayRayRambles / Reddit
  • Tenía 10 años, era 1989. En una de las grandes tiendas locales encontré un anillo de metal plateado con una piedra azul, el cual quise regalarle a mi madre. Junté todo el dinero que me daban para helados y salidas al cine, y ahorré durante mucho tiempo para conseguirlo. Una vez comprado, lo llevé a casa y se lo di a mi madre. Estaba feliz... pensaba que ella estaría muy contenta con el regalo. Pero tomó el anillo, lo examinó y me dijo: “Yo no uso eso, solo uso cosas de oro”. Me mató con una frase.
    Después de eso ahorré dinero y lo escondí en mi billetera. Pero un día, este desapareció. Nadie me lo devolvió ni confesó. Después de ese incidente, ella se convirtió en una extraña para mí. Mamá me hizo muchas otras cosas crueles. © Irina / AdMe
  • A los 5 años me declararon envenenadora. Fue en el kínder. La amiga con la que había jugado por la mañana se sintió mal por la tarde: empezó a tener diarrea y a vomitar. Apareció una testigo (la maestra), quien dijo que me había visto dándole de comer bayas salvajes de un arbusto. No puedo transmitir lo que sentí. Ninguna de mis palabras ni las de mi amiga sirvieron de nada.
    Mi mamá trabajaba en el mismo kínder, así que la picotearon todo el día. Se veía avergonzada. Pero para el final de la tarde, todo el grado de mi amiga comenzó a tener diarrea. Corrían horrorizados, esperando a la ambulancia, a la revisión sanitaria y epidemiológica. ¡Era un escándalo! Resultó que el grupo se había intoxicado con unas fresas que el comité de padres había llevado el día anterior en un cubo galvanizado...
    ¿Alguien se disculpó? No. Pero ahora odio sacar conclusiones precipitadas y culpar a otros. Soy abogada de la vida. © Natalia Nesterova / Facebook
  • Todavía recuerdo cómo en el kínder me acusaron de haberle robado una muñeca a una amiga. Y yo no había tocado nada. ¡Qué escándalo se armó! Y luego me pusieron ese juguete en la capucha. Así perdí a una amiga. Luego la crucé a los 15 años en la escuela. Nos reímos de esa historia, pero la impresión de aquella vez sigue intacta... © Yulia Pobyvaylo / Facebook
  • Teníamos un acuario, y un día, un pez dorado desapareció de él. Toda mi familia me interrogó con pasión, preguntando si le había hecho algo. Por mucho que dije que yo no había sido, no me escucharon. “¡Solo di que fuiste tú quien lo sacó! No te haremos nada”. Casi me hicieron llorar con su presión e incredulidad. Unos días después, el pez fue encontrado muerto dentro de una concha. © BlackCrazy / Pikabu
  • Mi madre amaba más a su sobrina que a mí. Más dulces para ella (“es tan delgada”), más fruta (“es una chica de ciudad”), más dinero de bolsillo (“tiene dificultades”), y, en general, “es lista y guapa, y tú...”. © Natalia Olkhovskaya / Facebook
  • Recuerdo que en la escuela, una niña que me odiaba perdió un billete de un dólar. Ella vio que yo tenía uno igual y creyó que se lo había robado. En casa, mi madre no me creyó cuando le dije que yo no había hurtado nada, ¡aunque ella misma me había dado ese dinero para el almuerzo en la escuela! Lloré... Aún no puedo olvidar ese incidente, esa sensación de que la persona más cercana y querida, quien debería estar de mi lado y protegerme, no me creía... © Valerie Kotena / Facebook

¿Cuáles fueron los momentos hirientes de tu infancia que te marcaron para siempre? ¿Qué es lo bueno que te dejaron para tu adultez?

Imagen de portada Irina / AdMe
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